El viejo del muelle (I)
El sedal se había
atascado. - Qué pérdida de tiempo, pensé. Elías me dijo que me apure a
solucionarlo, ya que había buen pique y era una pena perder el tiempo hablando.
Yo no lo pensé así. En ese momento se puso a mi lado, y comenzó a relatarme una
historia que le había sucedido hace muchos años atrás, cuando era pescador. “El
barco se llamaba La Injuria. Era un barco viejo y oxidado, pero traía el
sustento a casa. De ser un simple aprendiz, me había convertido en capitán”, lo
decía con orgullo. Sigue relatando. “Estaba
a kilómetros del puerto. Las redes se movían con el viento. El sol despuntaba y
aportaba claridad al mar oscuro, lleno de sonidos misteriosos. El viento de
repente cambió y en menos de dos horas, el cielo se había encapotado totalmente.
El mar estaba picado y La injuria, se movía de un lado para el otro. Se podía
sentir el crujido de su estructura.” “Pronto
me di cuenta”, me dijo, “tendría que tomar una decisión. Volver al puerto
seguro o continuar navegando hacia el este. La duda no me dejaba pensar. Tenía
que revisar mis opciones rápidamente. Si volvía no conseguía la plata, y tenía
muchas deudas por saldar. Por otro lado si seguía navegando podía naufragar en
un mar complicado y también lo peor, morir. La idea me caló los huesos, me
dolían las entrañas. Pensaba en que tenía que regresar. Tenía mucho miedo.” Él
decía, “no era momento para morir”. Con los labios partidos y con cara de asombro
continuo: “Algo completamente desesperante iba a suceder. Mis manos se pusieron
temblorosas. No podía reaccionar. Podía escuchar los latidos de mi corazón,
estaba perdiendo el control, me descontrolaba.” El me miraba, pero sus ojos
estaban allí, en su barco. De repente su caña comenzó a moverse como loca.
Había conseguido otro pique, y me postergo la historia. . Con la
tranquilidad que le dieron los años de vida dura, completó su tarea de sacar el
pejerrey del anzuelo, lo dejo en el balde y volvió a cargar con carnada la línea
con 5 anzuelos y una boya despintada. Continuo con su relato. “Revise la carta
marina, también el pronóstico. El mar estaba muy movido y las nubes terminaron
por cerrar el cielo. Deseaba volver a puerto seguro, no quería estar allí. Sin
embargo pensé, que si volvía me iba a quedar la sensación de derrota. Frustración por no haber conseguido la pesca
del día. Lo peor, era creer que no podía manejar la situación y por eso escapar
no era una opción, ¿Y se repite en la próxima salida? Encendí el viejo
motor Diesel y comencé a domar las olas, una tras otra, hasta salir de la tormenta.
Tuve mucho miedo”, me dijo con voz apagada, luego me dijo: “pude enfrentar la
tormenta, como lo hizo mi capitán del “Bodeguero impertinente”, ese lanchón de
madera era de temer, pero más lo era su capitán.” Se quedo mirando el horizonte.
Sus ojos, navegaban con su vieja lancha pesquera. Me pareció ver una lágrima.
Mientras
acomodaba mis aparejos de pesca, podía sentir las olas, el viento, los crujidos
y el miedo. Cuando se aprestaba para irse, Elías me pregunto si alguna vez me había pasado
algo parecido. Se acomodó la gorra y se fue caminando lentamente.
Texto: Lic. Marcelo Rizzo ©
Foto: (CanSockPhoto.com ©
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